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12 jul 2009

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En la vida del pequeño J.L. han existido cuatro ventanas que han marcado su personalidad, como las patas de una mesa, sobre ellas se sustentan el verdadero significado de su maldad. Las cuatro ventanas pertenecen a la de su propia casa en Muermo real, la de su única tía, la de casa de su abuela, y la de su amigo R.R.

La primera de ellas, en la ventana Muermo Real, fue cuando juró y perjuró que había visto a Papa Noel con su tradicional carruaje dejando en su habitación una equipación del Cádiz Cf. entre otros regalos. El pícaro J.L no pudo despedirse de él porque quedó alucinado ante tal aparición, mientras que Papa Noel voló con Rudolf y compañía, no sin antes lanzarle al pequeño un guiñito de compadreo que éste supo interpretar como un regalo personal.

En el alféizar de una de las ventanas de casa de su tía, se desarrolló la siguiente aventura; en lugar de regar debidamente las plantas, decidió jugar con la regadera y divertirse apuntando con ella hacia la calle, con tal mala suerte, que en ese momento pasó una pareja en una moto, mojándoles el casco. Sin embargo, el destino quiso que mientras miraban hacia arriba para ver la procedencia del agua, se cruzara un coche y salieran volando ambos motoristas. El diminuto delincuente puso la regadera en la mano de su hermano y se fue al cuarto de baño a relajarse, desapareciendo así de la sala del crimen.

En casa de su amigo R.R, la hazaña fue compartida. La ventana daba hacia la calle, y desde un sexto piso comenzaron a lanzar mandarinas del Mercadona que una a una iban impactando sobre los coches que pasaban. Uno de estos vehículos, llamó a la policía que interrumpió en el bloque de R.R. En ese momento, el par de amigos apagaron todos los aparatos electrónicos para que pareciese, que no había nadie en la casa. Los policías se fueron por donde habían venido tras intentar entrar en la casa sin éxito.

Por último, el cuarto pilar que marcaría definitivamente la malicia del pequeño J.L se desarrolla en casa de su abuela. Todos dormían la siesta, mientras tanto él se dedicaba a manchar las sábanas de la vecina de abajo, con aceite de oliva virgen. Para no levantar sospecha alguna, J.L roció un jersey rosa que estaba tendido en la cuerda de su abuela, para que pareciese que todo el aceite venia de un piso más arriba donde vivían dos compañeras de guardería que eran un autentico incordio.

Por lo tanto y en resumidas cuentas, a través de estas cuatro ventanas vemos su autentica esencia y valores, que en Muermo Real se aplicaba la inocencia de la mentira; en la casa de su tía, el pecado sin castigo; en casa de R.R., la supervivencia extrema, y en casa de su abuela, las culpas de cualquier trastada, ingéniatelas para echárselas a otro…